Esta semana se cumplieron tres años de la guerra de Ucrania, aunque desde el 2014 se arrastraba un conflicto armado en la región del Donbás entre el gobierno de Kiev y fuerzas separatistas del este. Los uruguayos, por nuestra propia historia, sabemos que en el momento que se desata una guerra civil se abre la puerta a las intervenciones extranjeras, sobre todo cuando se trata de un Estado amortiguador entre dos bloques o potencias.
Ya desde la llamada Revolución Naranja de 2004 hasta el Euromaidán de 2013, la situación política en Ucrania se veía claramente influida por la presión de norteamericanos y rusos. En el 2008 Alemania y Francia bloquearon el ingreso de Ucrania y Georgia a la OTAN, el bloque atlantista que desde comienzos del siglo había incorporado a varios países europeos, entre ellos algunos limítrofes con Rusia como Estonia y Letonia.
Son conocidas las advertencias del diplomático e historiador estadounidense George Kennan, uno de los impulsores del Plan Marshall en Europa, en cuanto a que “expandir la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría”. Esta opinión fue compartida por varios destacados analistas de la política exterior norteamericana que también alertaban sobre el peligro de entregar a Rusia en los brazos de China, como efectivamente sucedió.
La dirigencia europea no logró sostener el equilibrio necesario, incluso para sus propios intereses, en la medida que se fueron cortando los lazos políticos y económicos con Moscú y se fue alineando cada vez más con las orientaciones de Washington. Hoy, a todas luces, entre los principales actores, la Unión Europea es la gran derrotada en la guerra de Ucrania. La pérdida de competitividad industrial europea, debilitamiento de su autonomía, deterioro de su influencia diplomática y las consecuencias políticas internas sin lugar a dudas ponen entre la espada y la pared al bloque con sede en Bruselas.
Por otra parte, una Ucrania diezmada por la guerra corre serio riesgo de ser desmembrada territorialmente y expoliada en sus recursos naturales estratégicos. Más de 6 millones de refugiados ucranianos fuera de su país y por supuesto la herida abierta tras una guerra fratricida. Cuando el papa Francisco en marzo de 2024 afirmó que era necesario tener el “coraje de la bandera blanca” y negociar para poner fin al conflicto, se le respondió desde Kiev que la única bandera era “amarilla y azul”. Ahora, el que pone las condiciones es Donald Trump, quien ha despreciado a las autoridades ucranianas y llamado a Zelensky un “dictador”.
Derecho internacional, tercerismo y Estados continentales
Analicemos la situación desde Uruguay y los intereses de nuestro país y nuestra región del Mercosur. Hay varias dimensiones o aspectos vinculados con la guerra en Ucrania sobre los cuales vale la pena reflexionar o invitar a pensar más profundamente.
En primer lugar, la importancia del derecho internacional. No hay lugar para nuestro desarrollo en un mundo donde prevalezca la ley del más fuerte. La defensa de principios como la no intervención, la solución pacífica de las controversias, la autodeterminación de los pueblos y la integridad territorial de los Estados son absolutamente claves para nuestra existencia. Desde los bombardeos de la OTAN a Kosovo en 1999 se abrió una puerta muy peligrosa de desconocimiento de la Carta de las Naciones Unidas por parte de las potencias, incluida Rusia con su invasión a Ucrania en 2022.
No obstante, es necesario distinguir entre el derecho internacional y lo que se ha dado a llamar el “orden internacional basado en reglas”. En un artículo publicado en Le Monde Diplomatique, la periodista Anne-Cécile Robert advierte oportunamente que esa última expresión invocada por muchos diplomáticos occidentales en realidad es una herramienta política de Estados Unidos y sus aliados para, sutilmente, referirse a un sistema que supuestamente garantiza paz y estabilidad, pero su contenido es vago y sin base teórica sólida, como sí lo tiene el derecho internacional en tratados, normas y organismos. En tal sentido, ese “orden internacional basado en reglas” apunta más a los valores del “mundo libre” (economía de mercado, democracia y derechos humanos), pero no necesariamente al marco del derecho internacional.
En segundo lugar, la vigencia del tercerismo y el antimperialismo, tal como lo planteaba Luis Alberto de Herrera a mediados del siglo XX. Tener siempre presente que en los “festines de leones” nada tenemos que hacer los uruguayos y los sudamericanos. Tener la capacidad de comprender las dinámicas geopolíticas que rigen en cada tiempo, los actores e intereses involucrados, para evitar caer en una interpretación ingenua o idealista de los acontecimientos que nos vuelven funcionales a las posturas predominantes. ¡Es acalambrante ver cómo muchos políticos que se embanderaron con Ucrania quedaron en falsa escuadra al momento en que Estados Unidos cambió radicalmente su enfoque!
Algunos discursos apuntaban a que el fondo de la guerra de Ucrania era la lucha entre las democracias y el autoritarismo. Y cualquier intento por discutir esa aseveración o profundizar en la realidad de ese conflicto era señalada como una prueba de pertenecer al bando enemigo. Desde la derecha, acusando a Putin de ser comunista-soviético, y desde la izquierda de ser nacionalista, religioso y fascista. Se llegó a extremos de rusofobia y de censura de medios de comunicación de aquel país, algo que no había sucedido ni siquiera en tiempos de la URSS. Una actitud tan reprochable como la de cualquier otro antimperialismo transformado en discurso de odio contra un pueblo o una cultura.
En tercer lugar, la comprobación que estamos en el mundo de los Estados continentales industriales. Aunque actualmente haya 195 estados soberanos, reconocidos internacionalmente con gobierno propio e independencia formal, la realidad es que los únicos actores con autonomía para decidir sobre su futuro son aquellos Estados de grandes dimensiones, con capacidad económica, militar y demográfica que han logrado consolidarse como un polo industrial en esta sociedad del conocimiento. Hoy son Estados Unidos y China los principales. Luego también India y Rusia, en ascenso, y la Unión Europea en caída.
Los países de América Latina están lejos de estas grandes ligas. La integración regional es la única manera de lograr una relevancia geopolítica y económica, sobre todo a través del Mercosur. El espejo de la Unión Europea siempre fue y será útil en este sentido. Ahora es momento de aprender de los horrores de la dirigencia europea y lo que no se debe hacer como bloque. También nosotros hemos de lidiar entre dos potencias como EE. UU. y China, ambas con gran influencia en nuestra región. La situación en Panamá es un claro ejemplo que debemos seguir con atención, en medio de la disputa por el canal. También pensar las consecuencias de nuestros posicionamientos internacionales en función de las amenazas regionales, como lo es la ocupación ilegal de las islas Malvinas y los espacios marítimos e insulares correspondientes o los intentos por la internacionalización de la Amazonia.
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