¿Se imaginan lo que sería llamar a D’Alembert por su nombre completo? Decirle: “Jean-Baptiste le Rond d’Alembert, atiende el teléfono”. O a Voltaire: “François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, alcánzame el salero”. Inaceptable, por cierto. Ahora, de ahí a esa costumbre de llamar a uno “Ale” y al otro “Vol” o “Volti”, hay una distancia. Yo creo que es una práctica típicamente femenina. Naturalmente no puedo hablar de todas las mujeres, pero por lo menos de esta chiquilla, no tengo dudas. Me refiero a Raquel. Un encanto de chica, eh. Yo la quiero muchísimo y no se lo oculto. Se lo expreso de todas las formas posibles. Ella me adora, lo cual es lógico, porque yo despierto en las mujeres (con alguna excepción) una atracción instantánea.
No es vanidad, aclaro, porque seguramente si digo esto (lo que no hago, precisamente por modestia), lo más probable sería dar esa impresión. Es un hecho objetivo, verificable, comprobable. Será que tengo ojos soñadores, o cierto brillo en la mirada. Será mi absoluta discreción. Lo que se me confía, queda guardado bajo siete llaves. Aunque me torturaran con los más horribles procedimientos, de mí no saldría ni una sola palabra. Ella lo sabe, bien que lo sabe. Los besos que nos damos, las caricias que nos brindamos, los momentos de intimidad, de unión profunda, las cosas que me dice, de mí no salen. Nos flechamos, desde el momento en que nos vimos por primera vez, ya sea porque el gordito ese al que llaman Cupido nos clavó una saeta a cada uno, o porque compartimos la misma.
De todos modos, ese es uno de los muchos temas que quedarán en la reserva de nuestra relación amorosa. Y bien digo, relación amorosa, porque eso es lo que sentimos el uno por la otra (y la una por el otro). Desde que la conocí, mi vida es un lecho de rosas. La única espina es Sarita, la mamá de Raquel. No es que tenga mala relación con ella, pero es obvio que no me tiene simpatía. Sarita y Raquel. Así las nombran. Siempre me pareció curioso que le aplicaran el diminutivo a la madre, en vez de llamarlas Sara y Raquelita como debería ser. Pero dejemos a la madre y concentrémonos en Raquel que es el amor de mi vida.
Hay una sola cosa que me molesta de ella (aunque la perfección es inalcanzable para los seres vivos): que me llame como a Voltaire. Eso, y la edad. Es un poco joven… No es que me disguste, al contrario, pero todavía no cumplió dieciséis, y no estoy seguro si aplica ese tema de la minoridad. Yo tengo alrededor de treinta… No vayan a pensar en algún tipo de abuso, es solamente ignorancia. En realidad, no conozco mucho de la vida y tampoco tuve otra novia… Ni siquiera puedo decir que ella lo es… Es más, mucho no sé. Ella lleva un diario donde siempre está anotando cosas. Y bueno, un día me lo dejó al alcance. Yo no lo leí, conste. Y por varias razones. Una es mi reconocida discreción (si no hablo, tampoco leo). Además, hay otras razones de orden práctico. Pero vean:
“Diario de Raquel
Fue en el 75, porque ese año hice mi Bat Mitzváh. Se suponía que yo había llegado a la madurez. Toda la madurez que se puede tener a los doce años y un día… Pero yo me sentía triste. Me dijeron que ya era grande y que hay cosas, que, aunque no entendamos, las tenemos que aceptar. Mamá también estaba triste. Fue entonces que resolvió comprar al perro. Después de considerar distintas razas, y teniendo en cuenta que ahora vivíamos en un apartamento mucho más chico, nos decidimos por un bulldog francés. En ese entonces yo no sabía que Toulouse- Lautrec, había pintado uno, en ese cuadro que se llama, Los vendedores de… algo. Lo descubrí por casualidad al año siguiente en la clase de arte y recuerdo que me hizo mucha gracia. Después me enteré que el artista lo había conocido, en ciertos ambientes donde el pequeño perro era favorito de las damas que él frecuentaba. Pero para entonces, ya había ganado con creces mi corazón y ninguna sombra podía disminuir el amor que tenía por él. (Por el perro, ¿no?).
Cuando lo trajimos a casa era una pelotita. Ya tenía dos meses, pero no lo podíamos sacar a la calle hasta que cumpliera tres. Cuando fuimos a ponerle nombre discutimos con mamá. Yo quería recordar a papá y ella no. Papá se iba desvaneciendo a medida que mamá se liberaba de sus cosas. De la ropa que aún tenía su olor. De los libros con pasajes subrayados, anotados con su letra, marcados con la hoja de un árbol cortada en el jardín una tarde de primavera. Yo me resistía a ese impuesto olvido, a esa desmemoria obligada, pero no podía hablarlo con mamá. Ella no lo decía claramente. Pero me cambiaba de tema. Me salía con cualquier cosa, como si yo fuera boba y no me diera cuenta.
Papá era un tipo alegre. Por lo menos así lo recuerdo. Tenía una capacidad extraordinaria para resolver cualquier problema que se le planteara. Fue de los pioneros en vender edificios en el pozo. Es decir, vendía edificios que no existían. (Él los llamaba: “semillas de edificios”). Además de la construcción, que era la fuente de ingresos familiar, su otra pasión era el tango. No porque cantara o tocara algún instrumento, sino porque a cualquier cosa le encontraba la relación con algún tango. Eran tiempos felices. Cuando edificamos en Punta del Este, como la casa estaba en una pendiente le puso: Cuesta Abajo. Después, compró un yate y lo bautizó: La gayola.
Para entonces mis amigas me envidiaban, porque papá había vendido más edificios en el pozo, que cualquier otro arquitecto conocido. Estaba realmente ocupado. “Para que te vaya bien tienes que trabajar duro”, decía, y ocupaba los fines de semana dictando a su secretaria. Un día no regresó a casa y mamá se preocupó mucho. Estuvo haciendo averiguaciones con el ministro de Economía que era un contador Goldberg, creo. Algo debió haber averiguado en esa reunión, porque vino de muy mal talante. Trataba de disimularlo para no disgustarme, pero la cara la vendía.
Pasaba el tiempo y yo seguía ignorando qué había sucedido. No entiendo el criterio de mamá: para algunas cosas soy madura y para otras no. Me tuve que enterar por una amiga. De esas mismas que antes me envidiaban y que ahora, parecían disfrutar íntimamente de la situación. Papá se había fugado con la secretaria y los tres millones de dólares que recaudó por las ventas de semillas. Lloré mucho, es cierto. Creo que mamá estuvo muy bien en comprarme el perro. Pero yo igual sigo esperando, contra toda esperanza el regreso de papá. ¿Se entiende ahora por qué, le puse al perro, el inusual nombre de Volvió una noche?”.
Ignoro lo que escribió Raquel. Ya dije que mi naturaleza me impide leer o comentar. Yo sé que hay boxeadores como Rocky Balboa, o Archie Moore. Cantantes como Johnny Halliday. Actores, como Johnny Weissmuller. Pistoleros, como Billy the Kid o Bugsy Siegel. Presidentes como Jimmy Carter. Lo sé, y también comprendo que el corazón tiene razones… Pero para que me llame con el ridículo mote de “Volvi”, prefiero la alusión genérica que hace Sarita de mí, cuando le dice a Raquel, que no se olvide de sacar al perro.