La incertidumbre global marcada por la “disrupción” de Trump, que derivó en la crisis del orden internacional basado en normas y el riesgo de ir hacia un sistema regido por el poder, enciende las alarmas en todo el mundo y los países de nuestra región no deben ser ajenos a esa situación, según la visión del embajador uruguayo en Brasil, Guillermo Valles. Entrevistado por La Mañana, el experimentado diplomático destacó la relevancia del acuerdo UE-Mercosur en el contexto actual y la necesidad de lograr alianzas estratégicas. Además, profundizó acerca de los avances en la relación bilateral con el país vecino.
¿Cómo describiría la situación actual de Brasil en este nuevo contexto geopolítico global?
Desde el punto de vista económico cerró un buen año para Brasil, con un crecimiento de 3,5%, con una demanda interesante. Para Uruguay representa un mercado importante. A fin de año se hizo una reforma tributaria muy relevante, que como toda reforma estructural llevó a concesiones y a un proceso de negociación muy largo. Consecuentemente, el resultado final puede que no fuera el original, pero marca un camino y apunta al equilibrio fiscal. Desde el punto de vista político, el año comienza con una continuada polarización, ahora subrayada por el hecho de la muy voluminosa y documentada denuncia del procurador general de la Nación a Bolsonaro y otras 33 personas involucradas en un supuesto plan de golpe de Estado. Esto ha llevado a una fuerte polarización entre las dos figuras políticas relevantes: el presidente Lula, que ha tenido una actitud sobria, tratando de no referirse a la denuncia; y Bolsonaro, diciendo que esto es una narrativa. Y el tercer elemento que yo marcaría es una actitud de cautela de Brasil frente a un mundo muy diferente en las últimas semanas, marcado por la disrupción en todo sentido de Trump, más allá de lo comercial, que plantea muchas interrogantes para el futuro.
¿A qué se debe esa cautela por parte de Brasil?
Brasil ha tomado una actitud cautelosa, es decir, no ha sido de los países que inmediatamente han condenado las posiciones del presidente Trump, pero sí ha sido crítico. Brasil este año va a tener una doble presidencia que se verá impactada muy fuertemente por todo lo que está ocurriendo en el mundo y sobre todo por las políticas seguidas por el presidente Trump. Una es la presidencia de los Brics durante todo este año y, consecuentemente, una previsible cumbre de los Brics en suelo brasileño. En segundo lugar, la presidencia de la COP30, que va a ser un desafío mayor en todo sentido. Todo el mundo se plantea si será con Estados Unidos dentro o fuera de la COP. Hay una postura de Brasil que a nosotros nos interesa mucho de defensa muy firme de su agricultura, que es un punto de convergencia muy importante con Uruguay que pretende continuar y reafirmar más allá de otros desafíos en la COP30.
Decía que la “disrupción” de Trump plantea interrogantes a futuro. ¿Cuáles son sus preocupaciones en ese sentido?
Mi mayor preocupación es que, más allá del sistema de comercio internacional, lo que se está afectando son las bases mismas del sistema internacional en su conjunto, que están siendo totalmente cuestionadas. No es un cambio de rumbo de política. Es un cambio total. Implica un cambio total del mundo como venía siendo, con normas imperfectas, con injusticias, con asimetrías importantes de poder; gobernado por normas, insisto, perfectibles, poco protectoras de algunos derechos de los países, en particular los más vulnerables, pero normas al fin. Es decir, un orden fundado en normas. Y lo que se plantea aquí es un orden fundado en el poder, donde el elemento de legitimación de las acciones está en el poder y eso es gravísimo. Acá lo que hay es un cuestionamiento a los fundamentos más básicos del derecho internacional. Ese es el riesgo global. Cuando se gatilla un proceso de estos, nadie sabe hasta dónde se llega.
¿Qué deben hacer países como Uruguay ante este cambio tan paradigmático?
Lo que tenemos que plantear es no focalizarnos exclusivamente en lo que está sucediendo en Washington en este momento. Obviamente, no podemos darle la espalda, pero nuestra atención debe estar enfocada en el conjunto del mundo y tenemos que ver cómo podemos defender nuestros intereses nacionales. Y, aun cuando exista un daño muy profundo a las instituciones, al sistema de normas, tenemos que velar por ellas. Esto suena naíf, porque se están cuestionando los fundamentos mismos del sistema de comercio internacional, todo el multilateralismo se viene abajo.
¿Cuáles son los riesgos que vislumbra a futuro de esta situación?
Si vamos a las etapas de la época contemporánea en materia de comercio internacional, vemos que en la época de la predominancia de la fuerza lo que planteaban eran relaciones bilaterales exclusivamente. El gran salto adelante, que obviamente no comenzó de un día para otro, se dio a partir de la aparición de las Naciones Unidas y en el campo del comercio a partir del GATT y de la cláusula de nación más favorecida, por la cual se trataba de eliminar los tratos discriminatorios de acuerdos bilaterales. Después, puede verse cómo se perforó todo eso, pero el principio general de la cláusula de nación más favorecida otorgada entre todos los miembros del GATT en su momento y de la OMC, esos fundamentos, la no discriminación entre países, es lo que se está dinamitando en este momento. Estamos yendo a un mundo pre-1947 donde hay predominancia de un sistema basado en acuerdos y negociaciones bilaterales. Y todos sabemos que en una negociación bilateral se exponen más las asimetrías de poder. Entonces, si esta situación avanza, habrá una suerte de eliminación de aquello que se construyó, que fue básicamente el multilateralismo y el comercio internacional basado en normas. Lo que se vislumbra como propuesta implícita de Estados Unidos es ir a un mundo de acuerdos y de transacciones bilaterales donde, además, la gran pregunta es: ¿de qué valen los acuerdos, si pueden cambiar en función de las circunstancias? Los fundamentos del derecho internacional están siendo cuestionados.
¿Qué rol cumple el acuerdo con la Unión Europea (UE) en este nuevo contexto?
En este panorama es clarísimo que uno tiene que buscar alianzas, redes de protección. Y el acuerdo UE-Mercosur cobra un valor fundamental porque es una red de contención ya no bilateral, como tenemos con México, con Chile, con Perú, sino que sería un acuerdo muy importante con una región muy importante. ¿Esto va a solucionar los problemas? No, de ninguna manera, pero tenemos que buscar alianzas para mantener las instituciones, para mantener los acuerdos, para mantener nuestra visión sobre cómo se construye un orden económico internacional.
¿Se podría decir que este acuerdo cobra importancia no solo para los países del Mercosur, sino también para Europa, considerando el avance de Estados Unidos y China?
Sí. En Europa lo que hay es una suerte de pesimismo sobre cuál es su rol en todo esto. Y ha quedado absolutamente dejada de lado, como ha sido en el caso de Ucrania. Incluso hay replanteos, como todos sabemos, sobre la OTAN. Es decir, la centralidad política de Europa en todo este gran juego ha quedado totalmente de lado. Entonces, así como yo he sido un admirador de la construcción europea de posguerra, de la civilización europea, de la cual provenimos, también reconozco que el eurocentrismo, sobre todo de posguerra, ha contribuido en parte a esta pérdida de centralidad política.
Yo me acuerdo de que cuando era embajador en la UE les decía a los europeos que el problema para nosotros era que Europa estaba con tortícolis, estaba mirando exclusivamente a la ampliación europea. No soy clarividente ni nada por el estilo, soy un lector de historia, y había que entender que esos cambios que se venían dando podían llevar a estas situaciones de confrontación con Rusia como las que tenemos ahora. Esa suerte de cuello duro y crispado y mirando exclusivamente hacia el este, hacia la ampliación de Europa, hizo que Europa se olvidara cuánto de valores europeos existen particularmente en el Cono Sur. Más allá de nuestras enormes diferencias en un montón de cosas y situaciones, compartimos una misma visión sobre la necesidad de que la gobernanza del mundo, la gobernanza de la economía, necesariamente requiere del multilateralismo, pero antes que del multilateralismo, de la preeminencia de las normas. Cuando hablamos de un acuerdo UE-Mercosur, bueno, regular o malo –yo creo que es bastante bueno y ciertamente perfectible–, estamos hablando de una relación basada en normas, no es nada más ni nada menos que eso.
¿Qué papel podría cumplir Uruguay, pese a su tamaño, en este nuevo escenario?
Esto debería ser una fuente de preocupación muy grande para Uruguay, ya lo es, estoy seguro, pero para el gobierno entrante es una bandera muy importante que no debe ser vista exclusivamente a través de la lupa del Mercosur, abarca mucho más. En los márgenes de una celebración hermosa de la democracia uruguaya como va a ser la del 1º de marzo, donde absolutamente nadie puede creer este tipo de transición que estamos teniendo, me planteo si las 24-48 horas en las que van a estar líderes de todas partes del mundo y países representados por sus embajadores, no es el momento también de conversar sobre estas cosas, porque, obviamente, es muy importante para la política interna del país, pero no podemos dejar de mirar hacia afuera. Somos un país que vino al mundo por un acto internacional. La vida internacional está en parte estructural del Uruguay, hasta por su propio tamaño, pero más en estas circunstancias. El mundo va a seguir siendo necesariamente interdependiente, más allá de la globalización económica, básicamente, por desafíos como el clima, el cambio climático, los cambios demográficos. La idea absurda de aislarse es un ensueño muy negativo que algunos quizás por su tamaño puedan pensar. Uruguay tiene que seguir siendo un país internacionalizado y tremendamente activo en la esfera internacional, con sus ideas propias, con la defensa de sus intereses. Y esos intereses están mejor defendidos si Uruguay utiliza toda su capacidad de convocatoria y el ejemplo de civilidad que va a dar el 1º de marzo.
¿Cómo ha sido la relación bilateral bajo la administración de Lacalle Pou y cuáles son las perspectivas para el cambio de gobierno que se viene en Uruguay?
En primer lugar, quiero decir que la política de Uruguay respecto a Brasil no cambió frente a los grandes cambios de política que hubo aquí, lo cual fue una demostración de que hay objetivos permanentes que son defendidos, con matices, incluso con diferencias a veces, pero que se mantuvieron en un cambio de gobierno importantísimo que hubo en Brasil. La relación personal entre Lula y Lacalle fue muy cordial y desde el punto de vista de la política internacional los objetivos permanecieron y se enfatizaron.
Tenemos una agenda bilateral muy rica e importante. Por ejemplo, en 2023 el Aeropuerto de Rivera fue declarado binacional. No es completamente binacional, se va a tener que seguir trabajando sobre ese aspecto, pero hay un ángulo que es bien importante: Uruguay acordó con Brasil que los vuelos desde Brasil hasta Rivera fueran considerados como vuelos domésticos, por lo tanto, la tasa que Brasil cobra para vuelos domésticos, que es mucho más baja que para vuelos internacionales, se extendió a esos vuelos, que ojalá puedan prosperar en el futuro. No es la completa binacionalización de un importantísimo y lindísimo aeropuerto como el que tenemos allí, pero es un primer paso.
Además, después de más de 30 años, se dio la concreción del acuerdo y el comienzo de la construcción del segundo puente sobre el río Yaguarón. Ya se hicieron los cateos y están convenidos los proyectos. Hay que hacer un pequeño ajuste del lado brasileño. La obra está a cargo de un consorcio encabezado por una afamada empresa de Río Grande que ha construido varios puentes internacionales.
Y en cuanto a la laguna Merín, donde pretendemos relanzar la navegación, también se han dado pasos muy importantes, de hecho, el año pasado fue hecha la licitación para un pequeño dragado. Lamentablemente, las ofertas fueron realizadas en el peor día de la catástrofe que sufrió Río Grande del Sur y hubo que recomenzar. Ahora se pretende terminar esos estudios matemáticos para ver cuánto hay que dragar.
Hay un consorcio formado del lado uruguayo para que desde el río Tacuarí exista una terminal granelera y de cargas generales para poder exportar, y eso va a cambiar la matriz productiva del este y noreste del país, la zona de Cerro Largo, de Treinta y Tres, hasta Tacuarembó. Hay tierras con potencial agrícola que, en función de una logística mejor, las cargas pueden ser transportadas por vía fluvial o fluviolacustre, haciéndolo mucho más barato y en una distancia mucho menor. Es una pequeña obra que puede tener un gran impacto económico para una zona relativamente deprimida.
Sobre el río Uruguay, otro enorme proyecto que tenemos con Brasil, que ya está en curso, es la nueva explotación de dos minas de hierro y de manganeso en Mato Grosso del Sur. Ese hierro de altísima calidad solo puede salir al mundo a través de la hidrovía Paraguay-Paraná, y eso significa transbordos en puertos y terminales uruguayos y en aguas uruguayas. El año pasado y el anterior, las cargas de mineral de hierro y manganeso superaron las cargas de transbordo de celulosa, algo que poco se conoce.
¿Cuáles son las expectativas a futuro de las relaciones bilaterales?
Lo que esperamos es que, más allá del Mercosur, nuestros vínculos económicos, de vecindad, sociales y productivos con Brasil estén mejor focalizados. Creemos que conocemos a Brasil. Y Brasil tiene todo el derecho, por su tamaño, por la diversidad regional, a no conocer exactamente a Uruguay. Nosotros no podemos estar distantes de Brasil. Creo que, entre Brasil y Uruguay, y Uruguay y Brasil en particular, existe un gap de conocimiento muy grande de cuál es la potencialidad de Brasil, qué significa la revolución verde que ha acontecido en el agro brasileño, transformándolo de un país importador de alimentos a un país primer exportador de prácticamente todos los rubros alimenticios. Entonces, es importante conocer más, estar más cerca de la política, estar más cerca de la sociedad brasileña, conocerlo más en profundidad, no el conocimiento turístico que tenemos de Brasil. Eso es fundamental. Y no lo digo por ser embajador aquí, más bien es al revés: soy embajador aquí porque siempre me atrajo este fenómeno de cómo estamos al lado de un gigante con una potencialidad absolutamente enorme, ofreciendo de nuestro lado estabilidad, razonabilidad, una polarización mucho menor que en cualquiera de los otros países vecinos, con toda la potencialidad que tiene nuestro puerto. Todo eso se tiene que poner de relieve con una mayor focalización de la importancia de Brasil para nosotros. Y tengo fuertes esperanzas de que el gobierno entrante continúe y profundice esta línea que hemos intentado llevar adelante en estos cinco años.
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