Vivimos en una sociedad enferma en la que se ha normalizado que haya miles de personas durmiendo en la calle y comiendo de la basura. Que normaliza que los jóvenes se vuelvan adictos a las drogas y a los juegos de azar. Una sociedad que a través de la política económica desestimula formar una familia, ser propietario de un hogar, trabajar más o montar un comercio propio, mientras que se fomenta el aborto, la usura y el rentismo como alternativas para sobrellevar la existencia.
No significa que toda la población esté inmersa en estas condiciones, ni muchos menos que sea favorable a estas tendencias. Pero es un estilo de vida que se va instalando, que va adormeciendo las conciencias, que se deja seducir por la propaganda, que se impone desde organismos y empresas internacionales contra los que parecemos poca cosa.
Son varios los pensadores contemporáneos que advierten sobre el nihilismo, la falta de sentido o el vacío ideológico, el consumismo y la decadencia de la sociedad, como Byung-Chul Han o Slavoj Zizek, que son verdaderos best-seller. Pero hoy queremos llamar la atención sobre las reflexiones que hizo un uruguayo, como fue Alberto Methol Ferré, en el libro La América Latina del Siglo XXI, publicado en el año 2006.
Vale la pena rescatar un capítulo de ese libro titulado “Del ateísmo mesiánico al ateísmo libertino”. Allí Methol Ferré explica que durante el siglo XX el marxismo impulsaba “un ateísmo auto-redentor que quería realizar, por manos humanas, el Cielo en la Tierra. Pretendía ser un ateísmo constructivo, liberador, histórico. Un movimiento de liberación en y de la historia. Y caía bajo el peso de la propia impotencia”.
Ese ateísmo mesiánico tuvo una impronta muy marcada en varias organizaciones de lucha armada en América Latina que se alzaron violentamente contra gobiernos democráticos y terminaron siendo funcionales a la subordinación de nuestros países a la lógica bipolar de la Guerra Fría. El propio Methol Ferré en 1967 escribió que el foquismo guerrillero y el Che Guevara representaban “una política de muerte y la muerte de toda política”.
Pero eso se terminó, las guerrillas fueron liquidadas, en algunos casos sobrevivieron en la selva y se convirtieron en narcotraficantes, en otros casos más urbanos asumieron un carácter político partidario bajo las reglas generales de la república y la democracia. De ahí a que pretendan reescribir la historia del pasado y mantener algunos odios intactos para sacar rédito electoral es otro asunto, que no es el tema de esta columna.
Con la caída del campo soviético y el fin del ateísmo mesiánico, Methol Ferré sostiene que se impone la sociedad de consumo del mundo capitalista y el ateísmo cambia radicalmente de figura. “No es mesiánico sino libertino; no es revolucionario en sentido social sino cómplice del statu quo; no se interesa por la justicia sino por lo que permite cultivar un hedonismo radical”, subraya.
En ese mundo sin valor, dice, el único valor que permanece es el del más fuerte y donde todo tiene un idéntico valor prevalece solo el valor del poder. A la luz de este tiempo, ya entrados en el año 2025, pareciera que esa situación se va consolidando no solo a nivel de las sociedades urbanas sino en el plano de la política internacional, donde hay un notorio resquebrajamiento del orden multilateral que surgió al terminar la II Guerra Mundial.
Hay un cambio en el capitalismo en la medida que el consumo prevalece sobre el trabajo productivo. Esto es muy ostensible en la función de los bancos en la sociedad, antes promotores del ahorro y la empresa, ahora promotores de la usura y la especulación. Por otra parte, el hedonismo aristocrático, que tiene en el Marqués de Sade a uno de sus máximos exponentes, se masifica y se extiende a toda la sociedad, incluso la de bajos recursos. Respecto a esto, Methol Ferré dice que ese ateísmo libertino de consumo solo es factible “en un mundo sumamente ocioso”. “Es necesario gozar de alguna renta para dedicarse al consumo full-time, a la búsqueda de la satisfacción estética, individual, caprichosa. Sade, de un escepticismo primordial, termina generando un verdadero sistema dogmático”, señala.
¿Puede llamar la atención entonces la proliferación de influencers en redes sociales, cursos y libros que invitan a las nuevas generaciones a “salir de la carrera de ratas”, a dejar de estudiar y trabajar para dedicarse a vivir de rentas financieras o criptomonedas? ¿A no perder tiempo y dinero en formar una familia y dedicarse al placer de los viajes y las fiestas perpetuas?
¿Cómo entender una sociedad en la que se militan los abortos y la eutanasia, en que la música hace permanente apología del consumo de drogas y hasta de la mafia? Creemos que aquí cobra sentido la reflexión de Methol Ferré cuando dice: “El Marqués de Sade lleva el ateísmo libertino moderno a sus últimas consecuencias; es un ‘santo’ al revés por la rigurosidad con la que empuja al ateísmo hasta el extremo de sus posibilidades. El ápice del eros es ‘sádico’, el deseo absoluto termina en el crimen”.
No obstante, aclara, que no afirma que la sociedad sea ‘sadista’, pero que es un “paradigma en el que se lleva al límite una serie de comportamientos que solo se comprenden a la luz de esta lógica extrema”. Lo observa por ejemplo en un comportamiento típico de este tiempo como la incapacidad de aceptar el sacrificio. “El sadismo siente el sacrificio –que en última instancia es dar la vida por el otro– como algo contradictorio. Para Sade la creación es una esencial autodestrucción permanente. El ateo libertino común pone el acento en el placer; Sade va más allá: el placer es un momento del aniquilamiento de la creación”, señala Methol Ferré. Y agrega más adelante: “El sacrificio es un salir de sí para cuidar al otro, hacer que se desarrolle. Donde no hay sacrificio no puede haber ni siquiera solidez en la existencia de la sociedad, ni inteligencia para construir un desarrollo eficaz y lo más justo posible”.
Hay una muy lúcida diferenciación que hace del ateísmo libertino con el nihilismo. Mientras el nihilismo es el “no” dicho frente a todo, el ateísmo libertino es el “sí” a gozar a toda costa, por lo tanto, más orgánico al poder y a la mayor ganancia del mercado. También reflexiona que “el simulacro de sobreabundancia” genera frustración y por tanto violencia, en contextos de gran desigualdad económica. Y allí encuentra uno de los motivos de la expansión de la droga en ciudades latinoamericanas, sobre todo en los barrios marginales.
Es en esos lugares más olvidados y golpeados por el crimen y la pobreza es que proliferan las iglesias y las sectas evangélicas. “Las sectas evangélicas reclutan y se expanden sobre todo en los sectores medio, bajo e indigente. Justamente donde se difunde, a su vez, el ateísmo libertino […]. En cierto sentido, las sectas son una reacción contra la amenaza de la droga y la pornografía”, sostiene Methol Ferré.
Si hay una característica del pensamiento de Methol Ferré que incomodó en el Uruguay verdaderamente no fueron tanto sus opciones político partidarias, su visión de la Patria Grande latinoamericana ni siquiera su simpatía por Juan Domingo Perón, sino por encima de todo su profundo catolicismo. Apunta Methol Ferré: “No es fácil ser cristianos, pero tampoco es fácil vivir sin Dios. Quienes dicen vivir sin Dios, en realidad viven de los restos de una ética que supone a Dios. La inmensa mayoría de los ateos son de segunda mano”.
En esa línea, Methol Ferré entiende que el ateísmo libertino no es una ideología sino una práctica a la que, por tanto, es necesario oponerle otra práctica. Considera que para hacerlo es necesario comprender la parte de verdad que existe en esa práctica errónea. A su juicio “la verdad del ateísmo libertino es la percepción de que el existir tiene un íntimo destino de gozo […] en otras palabras: el núcleo profundo del ateísmo libertino es una necesidad recóndita de belleza”, lo cual está distorsionado por el divorcio de la belleza con la verdad y el bien (justicia).
Y concluye diciendo Methol Ferré: “San Francisco es uno de los ejemplos más extraordinarios de la belleza captada y reflejada en una figura humana histórica. En san Francisco la potencia de la belleza del ser es esplendorosa. Calvino no supera el ateísmo libertino, simplemente porque lo niega, lo rechaza, elude lo que lo mueve en profundidad. El ascetismo protestante, aun siendo generoso, no puede responder. El catolicismo, en cambio, sí puede hacerlo”. “La mayor belleza es el amor. Y el amor es la unidad perfecta de verdad, bien, belleza. Es una atracción incesante, e incesantemente amenazada por su contrario. La vida es así”.
Un tal Jorge Bergoglio, entonces arzobispo de Buenos Aires, quedó muy entusiasmado con estas reflexiones y presentó el libro con el propio Methol Ferré en la capital argentina. No solo eso, sino que pidió distribuir esta obra entre todos los obispos de Argentina. Unos años después, este jesuita fue elegido el principal pastor de la Iglesia católica y adoptó el nombre de Francisco.
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