Marzo es un mes significativo para el agro, tanto por la inauguración de la cosecha de verano como por la siembra de los cultivos de invierno, y en ese sentido nuestro país lo reivindica a través de diferentes eventos, como la cosecha del arroz o la Expoactiva, entre otros, en donde se dan esa clase de encuentros –siempre enriquecedores– entre el público en general, productores y el gobierno.
Este año, justamente, por el cambio de autoridades, tuvo un marco especial, y fue acaso una ocasión propicia para que el ministro de Ganadería entrante, el veterinario Alfredo Fratti, haya escuchado los diferentes reclamos del sector rural, en un país en que producir se ha vuelto excesivamente caro, a la vez que las cuestiones ambientales como las sequías, por ejemplo, imponen mayores desafíos. Por ello, según las expresiones del propio Fratti, el riego será una prioridad para este gobierno, que deberá trabajar interministerialmente sobre este tema, a la vez que se buscará articular con el Ministerio de Relaciones Exteriores una mayor apertura comercial para los productos agropecuarios uruguayos en India y otros países asiáticos.
En esa línea, la semana pasada, en el marco del Diálogo Raisina 2025, líderes políticos e industriales de India y América Latina y el Caribe (ALC) dialogaron sobre las oportunidades para incentivar sus relaciones comerciales, focalizando en sectores como energía, infraestructura, agricultura y minería. Recordemos que Brasil ya viene avanzando estratégicamente con la India en la implementación de acuerdos como el Pacto de Etanol India-Brasil de 2020, que ha facilitado la transferencia de tecnología, impulsando los esfuerzos de India en la mezcla de etanol. La experiencia de Brasil ha ayudado a India a optimizar la producción de etanol a base de caña de azúcar. En entrevista con La Mañana, el jefe del Instituto de Comercio Exterior de India, Ram Singh, enfatizó la importancia de mejorar los acuerdos comerciales y abordar las elevadas barreras no arancelarias:
“A pesar del crecimiento económico sostenido de India y la rica dotación de recursos de la región ALC, sigue existiendo un gran potencial no aprovechado en sectores como la energía, la automoción, la digitalización, la salud, la infraestructura, la agricultura y la minería. En 2023-2024, el comercio total de India con la región ALC (que comprende 43 países) alcanzó los 35.73 mil millones de dólares estadounidenses, con exportaciones por 14.50 mil millones de dólares y un volumen de importaciones de 21.23 mil millones de dólares. India está enfocada en aumentar el comercio bilateral mediante la reducción de barreras comerciales, explorando nuevas oportunidades y asegurando minerales críticos para construir cadenas de suministro resilientes. El objetivo del cónclave fue fomentar la colaboración transregional, diversificar los flujos comerciales y establecer nuevos marcos para un crecimiento económico sostenible”.
En efecto, Uruguay tiene una gran oportunidad si vuelca sus esfuerzos comerciales en dirección del sudeste asiático, siguiendo el ejemplo de Brasil, pero al mismo tiempo debe resolver las asimetrías de su propio diseño económico-cultural. Porque cuando se habla de crecimiento agropecuario, hay un aspecto que está por lo general ausente, que es la problemática del agudo descenso de la población rural, en un país en el que gran parte de nuestra población tiene una memoria colectiva ligada al campo. Y en ese sentido, parece paradójico que nuestra economía e identidad nacional vaya por un lado, y la mayor parte de nuestra población por otro. Eso genera que un considerable porcentaje de las personas que viven en la ciudad –así sean del interior del país– desconozcan casi por completo lo que implica producir, los riesgos que conlleva y la atención y eficiencia que requiere, creando en el imaginario colectivo un sistema productivo que no es real.
Lamentablemente, cambian los gobiernos y hasta ahora no se ha comprendido la importancia estratégica que tiene para una nación mantener activa su población rural. No solo porque disponer de soberanía en el sector alimenticio es fundamental, sino también porque a nivel de empleo, las unidades productivas rurales son capaces como cualquier pyme de generar puestos de trabajo. De hecho, como hemos visto en reiteradas ocasiones, son las pymes justamente las que generan dos tercios de los puestos de trabajo en Uruguay. Y parecería al menos razonable que se buscara fortalecer por distintos medios a los pequeños y medianos productores rurales, que son básicamente unidades productivas familiares, sobre todo teniendo en cuenta la experiencia y el conocimiento agropecuario que hay a nivel nacional para brindarles apoyo y asesoramiento. Pero, además, en materia de descentralización de servicios queda muchísimo por hacer en el medio rural, en especial si se considera aspectos como educación, acceso a la cultura y la salud.
En Europa, donde se vivió este proceso de despoblamiento del campo mucho antes, se articularon políticas que tuvieron como fin que la gente se quedase en el medio rural produciendo –ya sea por medio de subsidios u otros beneficios– y no engordase los cinturones marginales de las urbes. Recordemos que en Francia, por ejemplo, el 18,2% de su población vive en el medio rural, lo que frente al 4,5% de Uruguay parece un despropósito, no para Francia sino para nosotros. Ni hablar de India que, aunque se está convirtiendo en una potencia industrial, el 65% de su población vive en zonas rurales.
En esa medida, algo no parece estar del todo bien en el diseño económico de nuestro país, pues no parecería sostenible tener toda la gente que tenemos viviendo en la ciudad careciendo totalmente de industria. El país galo, a pesar de tener una situación industrial completamente diferente a la nuestra, no escatima recursos en proteger a su ruralidad, implementando planes como, por ejemplo, el anunciado por el primer ministro el 15 de junio de 2023 como parte del plan France Ruralités, Villages d’avenir, que tiene como objetivo apoyar a las comunidades rurales de menos de 3500 habitantes en la realización de sus proyectos de desarrollo.
En cierta forma, el círculo vicioso de Uruguay es que hay muy poca gente produciendo para lo que son el peso y las demandas del Estado, y ese es el principal motivo –más allá de los planteos económicos– por el que somos caros.
Pero, además, la falta de un sector familiar productivo fuerte es también un síntoma de debilidad social frente a cualquier fluctuación económica o internacional. No hay que olvidar el papel que ha cumplido el campesinado en la historia. Como bien afirmaba el historiador francés, especializado en Asia Oriental, Jean Chesneaux: “Todas las grandes sociedades preindustriales han conocido la fiebre de los ‘furores campesinos’ y conservado con terror y admiración el recuerdo de los grandes rebeldes campesinos: Jack Cade, Wat Tyler y los lolardos, en Inglaterra; los Jacques del Beauvaisis y los croquants de Normandía, en Francia; Sten’ka Razin y Pugashev, en Rusia; Thomas Münzer y sus bandas de campesinos famélicos, en Alemania. Sin embargo, ningún país dispone a este respecto de una herencia tan rica y sobre todo tan continua como la de China. Las revueltas campesinas, lejos de amenazar el orden establecido en sus principios mismos, eran finalmente aceptadas como funcionales, como capaces de restablecer el orden en momentos de confusión”.
En definitiva, los productores rurales deben hacer frente simultáneamente al medio natural y al Estado, y he aquí la base o fundamento de su resiliencia. Pero más aún, el poder del campesinado –aunque silencioso– ha sido el único capaz de mover y hacer girar la rueda de la historia para establecer cambios políticos duraderos. En efecto, parecería razonable escuchar lo que los productores rurales uruguayos tienen para decir sobre economía, sobre la sociedad en la que vivimos, pero para eso resulta imprescindible proteger a nuestra población rural de este proceso global de desnaturalización del trabajo productivo.