Cualquier mente perspicaz de 1820, de 1850, de 1880, pudo, por un sencillo razonamiento a priori, prever la gravedad de la situación histórica actual. Y en efecto nada nuevo acontece que no haya sido previsto hace 100 años. “Las masas avanzan”, decía apocalíptico Hegel. “Sin un nuevo poder espiritual, nuestra época, que es una época revolucionaria, producirá una catástrofe”, anunciaba Augusto Comte
José Ortega y Gasset
Las recientes amenazas de bomba en centros educativos y comerciales y los hackeos a los sitios del Estado que se fueron sucediendo en los últimos días de manera vertiginosa evidencian que lo que estamos viendo es apenas la punta del iceberg de los problemas que padece nuestra sociedad –que ya es tanto uruguaya como global–. Porque no estamos exclusivamente frente a un problema local, sino ante un fenómeno que se replica en otras coordenadas geográficas.
No obstante, podemos decir, desde la perspectiva de la filosofía de la historia, que ya desde finales del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX era predecible que sin un límite ético, moral y espiritual las sociedades contemporáneas, basadas en el desarrollo técnico y en el individualismo puro y duro, enfrentarían desafíos como los actuales.
De hecho, un “lobo solitario” es un terrorista que actúa de manera individual e independiente, sin pertenecer o estar vinculado a ningún grupo terrorista. Suelen ser personas aisladas con algún cómplice, generalmente en las redes sociales, que decide tomar la iniciativa sin recibir órdenes directas de una organización concreta. Por lo tanto, la oleada de amenazas nos hace pensar que se está produciendo en nuestro país “un efecto Werther”, de contagio de este comportamiento en particular, propiciado obviamente por la exponencial mediatización que tienen este tipo de situaciones. Pero también es reflejo de algunos síntomas de violencia social que parecerían estar necesitando un inmediato diagnóstico.
En ese sentido, hay que reconocer que nuestro país realiza una vigilancia exhaustiva de lo que sucede en las redes. Recordemos el reciente caso de un adolescente en Lascano, Rocha, que a través de internet mantenía contactos con una organización terrorista y planeaba realizar un atentado en el Chuy, y fue rápidamente detectado y puesto a disposición de la Justicia. De todos modos, parece cada vez más obvio que frente al aumento de los ciberdelitos y la violencia en las redes sociales, nuestro país debe aggiornarse constantemente.
En definitiva, la cuestión que aparece de fondo tiene puntos en común con lo que expone la serie de Netflix Adolescencia, en donde el mundo de las redes sociales y de las plataformas digitales es desconocido por la mayor parte de los adultos. Y en esa línea, queda expuesta una total falta de control y de guía por parte de los adultos de lo que sucede justamente en internet, en ese metaverso tan mentado por Zuckerberg, espacio propicio para todo tipo de manifestaciones buenas o malas.
En efecto, algunas semanas atrás habíamos mencionado el libro de Byung-Chul Han, Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia, y cómo a través de la información no solo se moldean consumidores, sino que al mismo tiempo los usuarios de las redes conforman en conjunto algo así como una granja de datos para que las grandes compañías o inversores puedan disponer de información valiosa para crear nuevos estereotipos de consumidores y nuevos productos para esos consumidores. En esa medida, el poder mediático de la información globalizada disuelve patrones culturales tradicionales asociados a un espacio en concreto, homogeneizando el pensamiento y el imaginario colectivo, creando una sociedad de consumidores globales o de alienados globales, según venga el caso. De forma que podemos decir que el verdadero poder de la información digital es su capacidad de incidir en el diseño de las masas.
Ahora bien, más allá de que lo más sencillo sea achacarle las culpas a la tecnología actual, que es capaz de mediatizar, monetizar o alienar la vida privada de las personas, no se puede perder de vista que la responsabilidad es –ante todo– de la educación que se ha venido impartiendo en las últimas décadas. Y nos referimos no solo a la educación impartida como enseñanza en los centros de estudios, sino también en el hogar, o lo que queda de él en una sociedad donde la mayor parte de las familias son monoparentales.
Nuestro país –que debe ser una de las cunas de la experimentación social liberal– con la implementación del Plan Ceibal introdujo de lleno a nuestra juventud en la globalización, al tiempo que los conocimientos tradicionales se relativizaban en el aula. Y se instaló –al son de la moda– una pedagogía que habla de aprender a aprender como si alguien pudiese aprender algo sin aprender nada en concreto. Es como cuando se habla tanto de la importancia de estudiar pedagogía, pero no de tener conocimientos profundos de una disciplina en concreto. En definitiva, nuestros jóvenes están inmersos en el mundo digital, pero no disponen de las herramientas filosóficas que les permitan discernir qué información es buena o mala, verdadera o falsa, etc.
Efectivamente, leyendo la columna de nuestro colega Martín Aguirre de El País, podemos pensar que mentira y política o mentira y educación son términos que llegan a superponerse y hasta confundirse en algunos casos. Lo que nos lleva a recordar a una hispanista y pedagoga sueca, catedrática de español en la Universidad de Lund, Inger Enkvist (Värmland, 2 de diciembre de 1947), que plantea justamente por varios motivos que la nueva pedagogía es un error: “La escuela tiene que ser consciente de que su tarea principal sigue siendo formar intelectualmente a los jóvenes. La escuela no puede ser una guardería, ni el profesor un psicólogo o un trabajador social, su tarea principal es dar una base intelectual. Dar conocimientos a los jóvenes, prepararlos para el mercado laboral, trasmitirles una cultura y proporcionarles una idea del orden social, porque la escuela es la primera institución con la que se encuentran los niños y es importante que vean que hay unas reglas, que el maestro es la autoridad y que hay que respetarlo tanto a él como a los compañeros. Siempre ha habido dificultades en el aprendizaje. Hace 50 años era que había que andar una hora para llegar al colegio o proporcionar comidas nutritivas. Hoy se trata de la enorme cantidad de estímulos. El nuevo desafío es controlar el acceso al móvil y al ordenador para que se concentren. Las escuelas que prohíben el móvil hacen bien. En casa, los padres deben vigilar el tiempo de uso de la tecnología. Prohibir es muy difícil porque se crean conflictos, pero un padre moderno debe saber decir que no. Debe resistir”.
En esa línea, Enkvist reivindica el papel que han cumplido las humanidades a lo largo de la historia como una parte fundamental del proceso de socialización y de construcción de una sociedad. Y resulta al menos paradójico que a nuestra sociedad actual deshumanice la cultura de sus niños–por el abandono deliberado de la filosofía, de la historia y de la literatura-– al tiempo que prefiere humanizar a las máquinas, dándole estos mismos insumos a la inteligencia artificial.