Ricuerdo… qué maravilla
cómo andaba la gauchada
siempre alegre y bien montada
y dispuesta pa’ el trabajo
(Martín Fierro)
Psicología de la actividad personal
El trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana. Más aún: el hombre está hecho para descubrir el mundo con su inteligencia y perfeccionarlo, y al mismo tiempo profundizar el conocimiento de sí y perfeccionarse, en un proceso cultural de progreso indefinido, cuyo instrumento es el trabajo.
A través de un proceso gigantesco, la humanidad va dominando los recursos de la naturaleza y los pone a su servicio. Con la técnica desarrolla un conjunto de instrumentos de los que se vale para producir bienes destinados a mejorar la vida de los hombres.
Pero, además, al mismo tiempo, con el trabajo, el hombre no solo transforma la naturaleza y la adapta a sus necesidades, sino que se realiza a sí mismo como ser humano. Más aún: se hace más hombre, ya que cada ser humano se perfecciona a través del trabajo. En él, la persona desarrolla la creatividad y todas las habilidades y funciones mentales. Y al verse capaz de hacer algo que posee un valor y que es útil a los demás, fortalece su autoestima.
Por otro lado, en el camino hacia la madurez personal, la actividad laboral promueve la autodisciplina y la organización interna de la personalidad, la responsabilidad y la iniciativa, y la persona se hace apta para la interacción con los otros y la integración a grupos e instituciones.
Además, el trabajo es el principal “organizador” de la vida de todos los días. El carecer de un “plan del día” o de un “programa de actividades” genera en la persona una nube de confusión y de desorden, se pierde el rumbo orientador de la motivación y se vive a la deriva.
En la tarea de implementar un sistema de vida que facilite la salud integral de las personas, el trabajo, por su valor terapéutico, ocupa un primerísimo lugar. Así como el desempleo se constituye en el enemigo más destructivo de la salud psicológica de una población. Trabajar no solo da de comer, sino que también confiere identidad social. En el lenguaje habitual, nos identificamos por lo que hacemos, y decimos que alguien “es” médico, ingeniero o profesor… y todo ello incide esencialmente en nuestra autoimagen y en la imagen que los otros tienen de nosotros. El hombre sin trabajo resulta, de este modo, una especie de desaparecido social, así como cumplir tareas valorizadas por los otros se convierte en un soporte substancial de nuestra propia valoración personal.
Acerca de la actividad humana, el psicólogo Karl Bühler acuñó una acertada expresión cuando se refiere al “goce de la función”. Esto significa que la actividad suele traer un goce en el que el hombre disfruta de su propia acción, no porque busca una utilidad o satisface determinada necesidad, lo cual tiene su valor, sino porque el acto mismo, el despliegue de sus propias capacidades, por sí mismo produce satisfacción y alegría. Es una muy grata experiencia encontrarse con personas a las que “les gusta su trabajo” o “aman su profesión”.
De todo esto surge el “espíritu de trabajo”, una disposición que a veces define una cultura y que entre nosotros prácticamente se ha perdido. Su restauración bien podría constituir un pilar básico del resurgimiento de la Nación.
La reflexión sobre aquel axioma: Dime cómo trabajas y te diré quién eres puede permitir aprovechar la riqueza del trabajo como experiencia humana y resultar una fuente de crecimiento personal.
Una obra humana
Según la concepción de la filosofía humanista, el hecho de ser actividad de una “persona”, es decir de alguien consciente y libre, autónomo y responsable, le confiere al trabajo una dignidad especial. Posee en su misma esencia el valor de ser la obra de un hombre.
De modo que el fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, en cuanto es su autor. El patrón de medida de la valoración del trabajo es la dignidad del hombre que lo realiza y su finalidad última no es otra que el hombre mismo. Aquí está el verdadero sentido del trabajo y la mentalidad con que se debe pensar, valorar y actuar en este tema.
En algunos enfoques ideológicos se habla del trabajo como una entidad abstracta, económica o sindical, en la que pierde su esencia personal y se la reduce a una categoría sociológica. Y en otros casos se lo instrumenta como una mera promesa de campaña electoral. Pero la verdad es que ni el trabajo es una mercancía ni el hombre es un simple instrumento de producción. No hay duda de que es de importancia absoluta la dimensión social del trabajo. Pero no deja de ser irrenunciable el criterio de que la persona humana es sujeto y no objeto de su actividad.
Cuando llamamos “digno” al trabajo es porque es un bien que expresa su carácter humano. Por este motivo, ya los antiguos consideraron el espíritu de trabajo, la “laboriosidad”, como una “virtud”, una cualidad humana que perfecciona al hombre. Y alguna vez en nuestra educación nos enfatizaron que “la pereza es un vicio”. En el actual mercado consumista, anónimo y de sola especulación, todo esto sencillamente es ignorado.
Es cierto que el sentido del trabajo ha sufrido distorsiones. Muchas veces se lo asocia solo con “el “sudor de la frente”, con el esfuerzo y la fatiga, las tensiones, crisis y conflictos, la injusticia social… La sabiduría popular lo acuñó en un término: “el laburo” y es un hecho que en la concepción tradicional que heredamos predominan estas connotaciones poco favorables. Durante más de una centuria, la hegemonía de la vida cultural porteña, y, en gran parte, por resonancia, en el resto de país, fue asumida por el mundo del tango. Y estando presente el trabajo como componente principal de casi toda la jornada diaria, no es difícil encontrar más de un centenar de citas sobre el trabajo en las letras del cancionero de la época, como las que elegimos aquí al azar: El barrio se despereza. Los obreros rumbo al yugo, como todas las mañanas (“Los cosos de al lao”), recordaba aquellas horas de garufa, cuando minga de laburo se pasaba (“El ciruja”), si es lo mismo el que labura noche y día como un buey (“Cambalache”).
También es cierto que en las empresas de nuestro tiempo, desde los altos niveles gerenciales hasta los más bajos, suele faltar una “dedicación” seria y responsable a la tarea, vivida como algo que tenga sentido y que se justifique por sí misma, con independencia del prestigio o de la aprobación social.
Si se trabaja solo por obligación, por necesidad económica, por lo que nos pagan o por el status que nos brinda, el trabajo será vivido como una carga o un esfuerzo apenas tolerado, pero sin íntima satisfacción. Gran parte de las neurosis y otros trastornos psicológicos de la actualidad se deben a no encontrarle sentido a lo que uno hace. Y el mundo postmoderno, en su conjunto, con sus rasgos de incoherencia, superficialidad, inmediatismo y banalidad, constituye un verdadero “atentado” contra el trabajo genuino, cuando debiera ser, por el contrario, un tema clave de la educación.
Por otro lado, su valoración adquiere digna significación cuando se trabaja en algo que beneficia a otros: educando, curando, produciendo alimentos, transportando a personas, fabricando cosas útiles. ¡En realidad, cuesta encontrar un trabajo que no redunde en algún bien para los demás!
Esa dignidad logra su culminación en la perspectiva espiritual cristiana donde su figura esencial fue llamada por sus vecinos “el hijo del carpintero”. Es significativo que Jesús no eligiera para sus discípulos a guerreros, ni a sabios ni a personajes poderosos, sino a hombres simples trabajando (“remendando sus redes”).
Arte y trabajo
Por otro lado, en esta amplia temática no podemos dejar de esclarecer un par de cuestiones cuya dimensión no merece ignorarse y que aquí solo nos es posible mencionar.
La actividad humana la consideramos trabajo cuando implica algún grado de obligatoriedad o sujeta a alguna normativa. Cuando es totalmente libre la consideramos Arte, aun cuando la tarea puede ser la misma. El escritor que hace su trabajo y luego, el fin de semana, se dedica a artesanías “en el taller del fondo” como hobby, está ejercitando allí un arte, mientras el carpintero en la carpintería realiza su trabajo y si escribe versos en su casa allí está desarrollando un arte.
Trabajo y arte tienen múltiples afinidades, y a veces la diferencia está solo en la actitud del que la realiza y el sentido con el que se la desarrolla. Podemos decir que todos los aspectos que asignamos positivos en este artículo al trabajo los podemos adjudicar también al arte.
Y otro tema de enorme repercusión cultural ha sido el surgimiento de la máquina, Se ha ido produciendo una distancia progresiva entre el hombre y su trabajo, que ya no es “la obra de sus manos”. Y esta despersonalización de la tarea fue haciendo que “las máquinas se fueran pareciendo cada vez más a los hombres” y el concepto que el hombre fuera teniendo de sí “se parezca cada día más a las máquinas”.
La calamidad del desempleo
El trabajo es el nudo de la cuestión social y es el don más preciado de una sociedad, porque trabajo genuino significa salario digno y pleno empleo.
En un país “normal”, con plena ocupación, los salarios crecen indefectiblemente y con salarios altos aumenta la demanda de bienes y el consumo, lo cual moviliza la producción, con lo cual se expande la comercialización y se genera desarrollo industrial.
Con salarios altos, las clases pobres se van incorporando a un nivel de clase media, con las condiciones esenciales satisfechas, y se aseguran la integración familiar, la salud y la educación. Y con salud y educación, por ejemplo, la urbanización de las villas se hace espontánea. Como vimos, el trabajo digno, en el orden individual, dignifica al hombre, porque es fuente de salud psíquica y corporal, refuerza su autovaloración, organiza su vida, lo hace sentir productivo y útil para la sociedad, entrena su voluntad y robustece el dominio de sí. Y, por otro lado, en el orden social, es fuente de espíritu solidario, de paz y de desarrollo.
Con plena ocupación los seres humanos no necesitan entrar por el camino de la droga y de la delincuencia para buscar alguna salida a sus necesidades. Por el contrario, el desempleo es una calamidad social que destruye al individuo.
Toda una serie de males se desencadenan apenas alguien entra a ser desocupado. Se deterioran las personas, se arruinan las familias y se generan toda clase de trastornos mentales y conductas antisociales. Que no nos engañen: trabajo precario y semi ocupación son desocupación disimulada, oculta y mentirosa. Y el clientelismo es un modo de mantener la desocupación bajo un disfraz maligno que desvitaliza por dentro a la población.
Existen males, como, por ejemplo, un cataclismo, que son efecto de fuerzas naturales que exceden al hombre. Pero hay otros males, como el hambre y el desempleo, que son fruto de la injusticia, y de los que somos responsables. En cualquier lugar del mundo, la cuestión del empleo llama a la colaboración de toda la sociedad, pero la obligación prioritaria y más urgente de cualquier gobierno es la lucha contra la desocupación. No puede darse descanso hasta alcanzar “desocupación cero y pleno empleo”. El hambre no puede esperar, y el trabajo es la erradicación del hambre.
El tema de la desocupación se ha naturalizado y nos hemos acostumbrado a ella como quien oye llover y de antemano no creemos que las cosas puedan cambiar demasiado. Si el planteo es “cuánto de desempleo puede considerarse normal” y nos quedarnos tranquilos, estamos en la misma situación de aquel paciente que preguntó “cuánto podía permitirse tomar de aquella bebida” y recibió la respuesta del médico: “¿Usted me pregunta cuánto cianuro puede tomar?”.
La historia moderna demuestra a las claras que la fortaleza y el crecimiento de un pueblo se construye a través del espíritu de trabajo. ¿Conocemos algún país próspero que haya logrado esa situación sin esfuerzo ni voluntad, sino gracias al puro espíritu especulativo? La educación debiera estar impregnada de la mentalidad que propiciamos y darles a estos temas la importancia que se merecen. Si no, ¿de dónde surgirá el espíritu de trabajo que necesitamos? La cuestión no admite ni olvido ni descanso.
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