Este no es un análisis neutro. Tampoco pretende confirmar las narrativas dominantes. Es una mirada deliberadamente lúcida y sin filtros sobre el mundo tal como lo veo en este momento. Sé que puede incomodar. Pero si todavía se puede pensar, vale la pena hacerlo. Porque lo que está en juego no es el futuro: es nuestra capacidad de comprenderlo antes de que sea demasiado tarde.
Marzo de 2025 marca un punto de inflexión, no tanto por un evento único, sino por la acumulación de tensiones, contradicciones y redefiniciones en todos los planos: político, tecnológico, ideológico y hasta moral. El mundo no está en guerra mundial, pero sí en una guerra de relatos, algoritmos, recursos y visiones del futuro. El orden anterior se deshace mientras el nuevo no termina de tomar forma. Es un mundo fracturado, saturado de información y hambriento de sentido.
Estados Unidos, la potencia que supo dictar el “orden” liberal global, hoy está cruzada por una transición caótica. Oscila entre el aislacionismo estratégico y la teatralización de la política. El nuevo presidente no resuelve los conflictos, los oculta bajo un espectáculo. No apaga incendios: los ilumina con luces de show. Mientras tanto, su poder tecnológico sigue vivo, aunque cada vez más contestado.
China, ese gigante planificador, parece haber olvidado por qué se levantó. Ya no es comunista, ni capitalista, ni siquiera imperialista. Está buscando una nueva razón de ser, algo que movilice más allá del miedo. Mientras su diplomacia avanza en África y América Latina, su juventud se desconecta. No encuentra sentido. El relato no convence.
Rusia, sin posibilidad de ganar el juego, lo sabotea. Es el alumno resentido que rompe el pizarrón cuando no le dan la palabra. Es maestro de la disrupción, sí, pero sin proyecto. Manipula, desinforma, hackea, pero al final se queda solo. Ni siquiera su alianza con Irán y Corea del Norte logra sacarlo del aislamiento.
Europa se fragmenta entre el pasado glorioso y el miedo al futuro. Alemania y Francia ya no lideran. Europa del Este cobra relevancia, mientras el populismo crece como humedad en las paredes. El Reino Unido mira a Asia, mientras sus exsocios siguen sin saber cómo actuar juntos.
En Medio Oriente, la religión se volvió una herramienta de control. No es fe: es manipulación emocional al servicio de intereses políticos. Un predicador carismático puede convertir comunidades enteras en carne de cañón. Sin pensamiento crítico, cualquier dogma se convierte en trampa perfecta.
América Latina, por su parte, reemplazó los ideales por contratos. La ideología es un disfraz de feria. Los gobiernos cambian de color, pero no de lógica. Brasil quiere volver al juego grande. Argentina apuesta por un rumbo soberanista que sacude, pero no organiza. México coquetea con todos. Y Uruguay, como siempre, discreto y ordenado, mantiene su lugar de faro estable en medio del ruido.
África, mientras tanto, prepara su salto silencioso. No quiere seguir el camino de Occidente. Quiere saltarlo. Su adopción audaz de tecnologías emergentes, como la inteligencia artificial, puede convertirla en protagonista inesperado. No tiene tradición que la ate ni burocracia que la frene. Solo tiempo y necesidad. Y eso, hoy, es ventaja.
Pero la clave del momento no está en la política. Está en la tecnología. La inteligencia artificial no nos reemplazó: nos expuso. Dejó al descubierto nuestra pereza mental. Nuestra dependencia del copy-paste. Nuestra incapacidad para pensar más allá de lo ya escrito. La amenaza no es la máquina. Somos nosotros.
Este es el mundo que heredamos y que, en parte, construimos. No estamos condenados, pero sí advertidos. Las oportunidades están, pero no para quien repite fórmulas. Están para quien se anime a mirar sin filtros, pensar sin miedo y actuar sin esperar instrucciones. Porque el tablero está en llamas. Y no alcanza con sonreír.
Santiago H. Pereira Testa