Cada 8 de marzo, hay quienes celebran en Uruguay y en todo el mundo el Día Internacional de la Mujer. El evento principal, aquí, es una marcha feminista por la Avenida 18 de Julio, además de otros más o menos artísticos, más o menos culturales, que se llevan a cabo en torno al tema.
Año tras año, se puede observar un sesgo ideológico cada vez más fuerte, cada vez más radicalizado, en las marchas del 8M. Cada vez son más de izquierda o de ultraizquierda, y cada vez más fanáticas de la ideología de género. El emblema que habitualmente llevan en pañuelos o banderas con fondo violeta muestra una mano con el puño cerrado. Es posible que muchas de estas mujeres hayan sido víctimas de abusos, maltrato e injusticias. Todo muy doloroso y comprensible. Pero no han sabido o no han querido perdonar, cuando el perdón es clave para la convivencia.
El resentimiento que la mayoría de estas mujeres llevan a flor de piel, en ocasiones, se traduce en un inocultable odio a los varones… y aunque les cueste admitirlo, a sí mismas. No hay que olvidar que este feminismo a ultranza es cómplice de la muerte de unos 5500 seres humanos del sexo femenino cada año. Porque de los 11.000 abortos que se producen anualmente, aproximadamente la mitad son de sexo femenino.
Lamentablemente, el feminismo radical no ayuda a cerrar la fractura social que divide a los orientales: más bien, contribuye a ensancharla. Cuadra tras cuadra levantan pancartas con consignas nada amigables, y menos aún conciliadoras, mientras entonan cánticos tales como “Iglesia, basura, vos sos la dictadura” y otros por el estilo. Quiero creer que les ocurre algo parecido a aquello que observaba en su patria el venerable Fulton Sheen: “No hay más de cien personas en los Estados Unidos que odien a la Iglesia católica; sin embargo, hay millones que odian lo que equivocadamente creen que es la Iglesia católica”.
En suma, este es el marzo del puño cerrado.
Hay, a Dios gracias, otro marzo mucho más integrador, mucho más positivo… ¡mucho más nuestro! Al Norte del país, en Tacuarembó, año tras año, se celebra en marzo, la Fiesta de la Patria Gaucha. Allí sí hay alegría, concordia, unidad. En medio de cantos folklóricos, se rinde un sano culto a la tradición. Los fogones despiertan sentimientos atávicos e invitan a que hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños a reunirse y compartir momentos inolvidables.
Alguno me recordará que este año hubo algún incidente desafortunado. Es cierto, pero ningún hecho aislado, puntual y absolutamente excepcional, es capaz de empañar esta gran fiesta de nuestra patria. En la Patria Gaucha, se honra y se venera a nuestros ancestros, a los hombres y mujeres que forjaron nuestra nación; y por supuesto, al caballo, símbolo de libertad estampado en nuestro escudo, que, al decir del gran John Senior, “allí donde pisó, llevó la civilización”. ¡Vaya si eso es cierto en nuestro Uruguay! En suma, este es el marzo que une a todos los orientales sin preguntarles de dónde vienen. Este es el marzo de la mano tendida, porque es el marzo de la “gauchada”.
Este contraste me vino a la mente hace unos días, cuando vi en una red social la foto de una bellísima jovencita, montada a caballo a lo amazona, en un tobiano tostado, de alpargatas, pollera larga, camisa blanca, sombrero y una banda cruzada sobre el torso que decía “Gastelú”. La sana alegría que transmite el rostro de esta joven, fiel representante del Uruguay profundo, contrasta notablemente con los rostros amargados del marzo del puño cerrado. Inmediatamente le envié un mensaje a la buena amiga que colgó la foto, diciéndole: “¡Esas son las Mujeres de mi tierra! ¡Con mayúscula!”
Minutos después, mi amiga me envió un par de álbumes con todas las fotos de la Sociedad Criolla Juan E. Gastelú, en su marcha hacia la Patria Gaucha. Allí estaba el cerno de la patria: Jóvenes y viejos, padres e hijos, esposas, hermanas, madres. De a caballo y en ruedas de fogón. Con botas o alpargatas. Con sombreros o vinchas. Con ponchos o sin ellos. Todos felices, todos hermanos, todos confraternizando y honrando las mejores tradiciones patrias. No pude evitar que rodaran por mis mejillas, lágrimas de emoción…
Entre tantas noticias malas que llegan a diario, esas fotos me recordaron que nuestra patria está viva. Está en pie, luchando por su identidad ¡y por su soberanía! Que el buen Dios proteja siempre a la Patria Gaucha, y que los criollos de mi tierra lo alaben por siempre.